La mirada paciente de Adriana Lestido.
Una referente imprescindible de la fotografía argentina contemporánea de los últimos 50 años.
Nacida en el barrio de Mataderos de Buenos Aires en 1955, Adriana tuvo una infancia marcada no necesariamente por los privilegios sino por acontecimientos que moldearon tempranamente su carácter y su mirada del mundo. Cuando era una niña, su padre fue preso y en palabras de la artista, eso marcó el primer quiebre en su vida.
Crecer dejando atrás la infancia de un salto, adoptando un rol de adulta en la dinámica familiar y observando un entorno de ausencias e injusticias desarrolló en Adriana, una aguda sensibilidad hacia la maternidad, la vulnerabilidad y el encierro, temáticas que décadas más tarde reaparecerían de forma inconsciente —o inevitable— en el núcleo de su producción fotográfica.
“Yo creo que el trabajo del artista es como el trabajo de un maestro, como el trabajo de un enfermero: es estar al servicio de algo que va más allá de él. No expresar la propia individualidad sino que justamente la experiencia de uno; espiritual o vivencial, es la herramienta sobre la que uno se basa para que baje algo que vaya un poco más allá y que pueda resonar como propio también en quien lo recibe”.
Antes de llegar a la fotografía, Lestido indagó y encontró en el cine un lugar en el que se sentía cómoda. A fines de los años 70, comenzó a estudiar cinematografía en la Escuela de Avellaneda. Sin embargo, fue en la búsqueda por perfeccionar su hacer cinematográfico que la imagen fija terminó por capturar su interés definitivo. La fotografía se le presentó como una pulsión vital.
“Mi trabajo surge de la necesidad. Creo que la necesidad es lo único que legitima lo que se hace. En mi caso, lo que desencadenó la pulsión creativa tuvo que ver en principio con lo femenino, lo maternal, la falta de familia, la injusticia, el desamparo, con las cosas que necesité comprender para pasar mis propios límites. Miro desde mi vida y desde mi historia, pero lo que me importa es el conflicto humano, las dificultades de las relaciones humanas”.
Al comienzo solo tomaba fotografías en el barrio, practicaba con sus familiares y hacía retratos por encargo a niños y familias hasta que en el año 1982, a partir de una serie de fotografías periodísticas sobre las inundaciones de Villa Albertina, su trabajo le permitió disputar un lugar en el diario La Voz como fotoperiodista.
El trabajo no fue fácil. No era común contratar mujeres para ese rol por lo que le exigían más que a sus colegas. Sin embargo, el panorama ameritaba valentía y predisposición, cualidades que la acompañaron desde sus comienzos. En un contexto de dictadura y una realidad cargada de ebullición y revuelo, Adriana es designada para cubrir algunas movilizaciones que se estaban realizando en ese momento.
“Madre e hija de Plaza de Mayo”
Argentina, Buenos Aires, 1982.
Durante una marcha de reclamo de Madres de Plaza de Mayo, Adriana capturó la imagen que definiría su trabajo.
Minutos antes de inmortalizar el ícono de lucha, Adriana había presenciado a la niña llorar en brazos de la mujer y cómo sus colegas registraban ese momento. Sin embargo, algo interno le impidió fotografiar esa situación. La sensibilidad y la templanza de Lestido le permitieron esperar y en ese tiempo sostenido, la escena mutó. En vez de registrar una fotografía cargada de llanto inmortalizó un símbolo de fuerza y lucha.
Con el paso de los años, aquella captura trascendió la anécdota y cobró una dimensión colectiva: se convirtió en carteles de marchas, portadas de libros, murales callejeros y un emblema internacional de los Derechos Humanos. Dejó de pertenecerle a la fotógrafa para pasar a habitar la memoria de un país entero, un fenómeno que la propia Lestido resumiría mejor que nadie:
“Es una imagen que tiene vida propia [...] Es lo máximo que puede pedir un creador, la vida propia de su trabajo más allá de él, que su trabajo lo trascienda”
Sobre el proyecto “Madres adolescentes”
Si la foto de Plaza de Mayo fue la revelación de su mirada, Madres adolescentes fue la confirmación de su método: el tiempo como herramienta ética y la presencia como compromiso.
En 1988, Lestido cruzó la puerta del Amparo Maternal Nuestra Señora del Valle, un hogar público en el barrio porteño de Flores. Lo que en sus planes originales iba a ser un trabajo fotográfico breve sobre distintas caras de la maternidad, se convirtió rápidamente en un choque de realidad que no le permitió dar un paso atrás. Lo que originalmente iba a ser una visita breve terminó transformándose en un compromiso absoluto:
"Pensaba ir solo un par de veces para un trabajo sobre diferentes aspectos de la maternidad. Pero no pude dejarlo y continué yendo una vez por semana durante un año entero. Terminó siendo un trabajo en sí mismo".
Durante las primeras semanas, fue al hogar y no sacó una sola foto. Se sentó a tomar mate con las adolescentes, escuchó sus miedos y las ayudó con los bebés. Solo cuando la cámara dejó de ser un externo y pasó a ser un objeto invisible en la habitación, Lestido empezó a disparar su lente de 35mm. En un oficio acostumbrado al apuro y al disparo reactivo, Lestido eligió el camino opuesto. Entendía que para retratar un mundo tan frágil era imprescindible desarmar la jerarquía entre la fotógrafa y el sujeto.
Ese factor temporal es clave y característico en la obra de Lestido: habita el espacio, escucha, sostiene, observa y, solo entonces, dispara.
"Casi todas las madres adolescentes que fotografié tenían una gran carencia materna. Necesitan una madre y tienen un hijo".
La potencia visual de esta obra reside en sus tensiones internas. Las imágenes exponen una dualidad cruda: la ternura del juego infantil cruzada con el agotamiento prematuro de ser madres. Hay en las fotos niñas jugando a ser madres pero con bebés reales en sus brazos; miradas que oscilan entre el deseo de jugar y la carga ineludible de sostener otra vida.
Las imágenes muestran una realidad incómoda: adolescentes que tienen que ser mamás antes de tiempo porque, de alguna manera, el sistema las dejó solas. No se trata de retratar un fenómeno social desde la estadística o la denuncia superficial, sino de exponer una cadena invisible de orfandades. Son chicas que deben dar el amparo que ellas mismas nunca recibieron.
Madres Adolescentes es el mapa de una deuda social que sigue latiendo, pero también la prueba irrefutable de que, cuando la estructura del Estado o de la familia se quiebra, es la red entre mujeres lo único que frena la caída. De esta manera, Lestido logra retratar esa frágil trinchera donde la infancia y la maternidad se cruzan, demostrando que aun en la intemperie más absoluta, el afecto es lo único que nos mantiene en pie.
“Mujeres presas”
Entre 1991 y 1993, Adriana ingresó a la Cárcel de Mujeres de Los Hornos (La Plata) para retratar a las mujeres presas que vivían ahí con sus hijos. Sin embargo, a Lestido no le interesaba hacer un trabajo de denuncia sobre las deficiencias del sistema penitenciario ni juzgar los motivos que llevaron a cada mujer a estar ahí. Su búsqueda era mucho más íntima: centrarse en lo humano. Le interesaba, de manera genuina y coherente con todo su trabajo, indagar sobre qué le pasa a una mujer que está presa.
En estas fotografías habitan mujeres reales tratando de transitar una existencia digna detrás de las rejas. Las vemos su cotidianidad: hablando, riendo, fumando, compartiendo tiempo con otras mujeres y consigo mismas. Adentro de la cárcel no pierden sus deseos, no olvidan sus pasiones y siguen siendo humanas. Algunas crían a sus hijos, otras encuentran amigas y algunas se enamoran.
En un espacio donde la rutina se vuelve densa y uniforme, el tiempo cumple un rol distinto. En ese contexto, las fotografías de Adriana dejaron de ser simples registros documentales para convertirse en verdaderos objetos de poder para ellas.
“Se hacian conscientes de cosas que les estaban pasando a traves de las imagenes. En la cárcel eran sagradas las fotos.
Para ellas tenia otro peso la imagen. No solo las de sus hijos sino las de ellas, verse ellas. Se veían”.
Las imágenes de Adriana transmiten algo que John Berger supo expresar muy bien en una carta que le mandó tiempo después.
“...Lo que hace que tu trabajo sea tan inusual y misterioso es la naturaleza de tu presencia (la de la fotógrafa). Aquello que vemos suceder –existir– lo hace como si no estuvieras ahí. Nadie da la impresión de estar siendo fotografiado. Y sin embargo, al mismo tiempo, cada imagen ha sido elegida y recolectada con tanto amor y compasión. Estás absolutamente ahí con aquello y aquellos a quienes estás fotografiando, ¡y a la vez no estás ahí en absoluto!
Es como si fijaras el tiempo de exposición no en 30 segundos sino en la eternidad. Y lo eterno (como nos dice Spinoza) no es perenne, sino intemporal. Son como profecías de aquello que ya ha sucedido. Y la lente es una curiosa forma de telepatía...”
“Madres e hijas” y el cierre de una etapa.
Durante tres años convivió y fotografió la intimidad de cuatro parejas de madres e hijas de distintas edades. En esta serie no había ni instituciones, ni rejas nada de por medio; solo quedaba el vínculo entre sujetos y fotógrafa. En las fotografías, Lestido desmantela la visión romántica de la maternidad. No es solo amor y abrazo, es también ahogo, cansancio y la realidad del día a día.
Para lograr esa representación, la paciencia de Lestido volvió a ser su mayor herramienta. Con el tiempo, Adriana se volvió invisible en esas casas: las mujeres discutían, lloraban, se abrazaban y dormían sin reparar en la cámara. Se volvió en una narrador omnipresencente en la rutina del hogar.
Madres e hijas funciona como un tratado sobre las herencias emocionales: cómo las hijas repiten o rechazan los gestos de sus madres, y cómo la maternidad es un ejercicio constante de soltar y sostener. En este ensayo se consolida, además, el universo puramente femenino de Lestido. Son las mujeres las que construyen el entramado de la existencia, sanando o perpetuando sus propias heridas.
Con esta serie, Lestido cierra su gran trilogía sobre la mujer (junto a Madres adolescentes y Mujeres presas), reafirmando que la gran constante en su obra es el sostén mutuo entre mujeres ante la ausencia del mundo masculino. Adriana inicia una búsqueda que la llevará a la naturaleza:
Villa Gesell (2005): La soledad del mar en invierno y los médanos vacíos.
Antártida Negra (2012): La aventura en el continente helado para retratar el desolado diálogo entre el hielo y el cielo.
El paisaje ya no es marco sino un autorretrato emocional sobre la soledad y la sanación.